miércoles, 14 de octubre de 2015

Elysium



por Julio César Durán

En la Grecia antigua había una manera básica de distinguir la virtud del vicio, discriminar el bien del mal. Lo bello, era necesariamente bueno, virtuoso; caricaturizándolo un poco, lo feo, lo sucio, era automáticamente vicioso, era el mal. La virtud así entendida, al igual que un buen linaje o la simple simpatía de los olímpicos, daba un pase directo a los Campos Elíseos, el idilio donde las almas inmortales de estos elegidos disfrutaban una dicha eterna.
En su segundo largometraje, el joven realizador sudafricano, Neill Blomkamp, retoma la idea del Elysion –aquél lugar o persona “tocada por el relámpago”, es decir, dotada de cierta gracia o preferencia divina– para casi profetizar un futuro cercano en el que la humanidad se ha dividido en dos únicas clases, donde la mayoría está a merced de las carencias mientras mantienen a los menos, los afortunados, en su burbuja metálica en plena órbita terrestre, el Elysium que pone título a la película.

El fondo
Para ponernos a todos en el mismo canal, conviene hacer referencia al argumento, que sin necesidad de spoilers, podemos revelar. Max (Matt Damon), el protagonista, es un habitante de la derruida “favela” de Los Angeles en el año 2154. En esta época, las sociedades terrestres son ya insostenibles, por falta de recursos y sobrepoblación.
Se ha creado una paradisíaca ciudad espacial donde viven y disfrutan casi eternamente los privilegiados de clase alta: la Elysium, que mucho nos recuerda a la estación espacial internacional kubrickiana. En la Tierra permanecen los jodidos, los pobres, los marginados que intentarán migrar sin “papeles” fuera de la atmósfera para acceder a una mejor vida. Max, en un punto de la trama, se verá obligado a poner en jaque a un empresario del edén interplanetario, para poder salvar su vida y llegar a sanarse en dicho lugar.



Esta increíble distopía –pongámosle comillas y pensemos en distópico como mero subgénero– de ciencia ficción, que tan bien se le ha dado hasta ahora a Blomkamp, consigue ser una buena apropiación de tradiciones estilísticas bastante añejas y por lo tanto maduras. Por un lado Elysium se ve como un vástago cinematográfico de la gran Metrópolis (Lang, 1927) donde encontramos a unas únicas clase alta y clase baja, en extremos, totalmente separadas y sin conexión alguna más que la de los medios de producción, casi una lucha de clases en tono marxista; por otro lado nos encontramos una narrativa a la Griffith, pensando en los recursos del montaje alternado como en El nacimiento de una nación(1915), con varios actores que pueden influir en el desenlace que por supuesto será “en el último minuto”.
Como toda obra memorable de la ciencia ficción, la película de Blomkamp contiene un fuerte e interesante contenido político, y más aún, cataliza y refleja las preocupaciones de un posible futuro que ya nos alcanzó. Sólo hace falta visitar las locaciones en Ciudad Neza e Iztapalapa donde se filmó, para encontrar la realidad de este universo sin ninguna diferencia. Las crisis mundiales, y las ridículas políticas públicas de los estados que cuidan más a las corporaciones que a sus pueblos (que tanto han afectado a países como Grecia, y que se vuelven el futuro nada distante de naciones como México) son la semilla de representaciones artísticas como ésta.
Elysium muestra el resultado de una política fascista en la expresiva villana Delacourt (Jodie Foster), tan semejante a la dama de hierro, que tras estas mencionadas crisis, y ante el miedo de los países primermundistas que basan sus desarrollos en el trabajo/recursos de los subdesarrollados, modifican el carácter de la migración. De ser una simple persona ilegal (¡!) ahora son criminales peligrosos –realidad que ya nos alcanzó–. Los terrestres pagan una fortuna ahorrada toda su vida para poder curar sus enfermedades en el edén espacial, que ha privatizado la salud y las comodidades, una gigantesca burbuja de estabilidad que no reparará en destruir a cualquier agente “no virtuoso” que rompa su cerco.
Las fronteras se han vuelto importantes y motivo de tensión, a pesar de que siempre han sido zonas “problemáticas” en la historia contemporánea. En el filme, esta zona fronteriza que es literalmente el aire, es decir, una especie de concepto abstracto o en todo caso invisible, toma una importancia vital precisamente por ese carácter. El sueño del primer mundo y la maquila que constituye el tercer mundo no están separadas por un muro, sino por políticas públicas, por esperanzas/desesperanzas, por estatus. Las polarizadas clases separadas por este elemento que no se puede ver, están unidas por su mano de obra y por la “cero tolerancia” que se practica con quien se considera no legal, es decir, quien en pocas palabras ni siquiera aspira al título de humano.




La forma
El cineasta sudafricano, que sorprendió al mundo con su cortometraje Alive in Joburg (2006), y tras los fallidos intentos de llevar al cine al célebre Halo, se ha apropiado tan bien y con creces las maneras y la narración visual del mundo del videojuego de siglo XXI. Con una combinación de múltiples ángulos de visión, ralentí, cámara rápida, 360°, sucesión de planos vertiginosos, close ups, elipsis y demás, Neill Blomkamp da buena cuenta del manejo de un estilo que aprovecha perfectamente el cine digital (la obra está realizada con Canon EOS 5D Mark II y masterizada en 4K), y lo hace explícito en el poco maquillaje que necesitaron las locaciones, a las que simplemente agrega detalles futuristas: vehículos y artefactos.
También se hace patente el mundo real que se ha volcado al “data” y que tiene toda su importancia ahí. Dado que los estados ya no son gobernados por políticos sino por corporativos y administradores, lo que lleva el peso del relato y un posible camino hacia el golpe de estado es hacerse de los recursos, pero más aún, poseer la información. Un filme registrado por completo en información, en datos, no podría tener como pretexto y motor dramático algo mejor que la info, justo un guiño con el que ya venía jugando, por ejemplo, David Fincher.
Salvo los minutos de melodrama que le sobran a la película, con los personajes que tienen conexión con Max, llámese Frey (Alice Braga) o Julio (Diego Luna), me parecen bien aterrizados tanto la construcción del guión, que sí, pertenece a la convención de los tres actos, como los símbolos griegos que se reinterpretan a partir de conceptos contemporáneos.
Para concluir, un elemento que no hay que dejar de lado y que muestra la maestría en potencia que Blomkamp tiene sobre su cine, es la dirección de actores. Desde los protagónicos hasta los antagónicos, que son los mercenarios sudafricanos aquí interpretados por sus compatriotas Sharlto Copley y Brandon Auret (a quienes vimos como héroe y villano respectivamente en su revelación llamada District 9, 2009), todos los personajes tienen una vida y un brillo sin ningún pero que ponerle. Sentimos empatía por todos y cada uno de ellos bajo una puesta en escena que los convierte, o casi, en personas reales fuera de pantalla, gracias a las características y arquetipos manejados, y colocados en su punto.
Un mundo multiétnico, globalizado y excluyente, un filme en cuatro idiomas y diferentes acentos. La ciencia ficción toma su lugar artístico, su derecho de nacimiento como fuente de entretenimiento y regocijo intelectual, en el cine del 2013 con Elysium. Se trata de una película poderosa e imprescindible para comprender el curso del mundo en las primeras décadas del siglo XXI que vivimos.



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